Aprender con intención: lo que la neurociencia nos está enseñando sobre cómo lideramos

Si has liderado un equipo, enfrentado una curva de aprendizaje compleja o simplemente tratado de adquirir un nuevo hábito, sabrás que no basta con querer aprender. Hace falta dirección. Y no me refiero solo a tener un objetivo, sino a una intención clara, personal, significativa. Algo que realmente te importe.

En mi experiencia dirigiendo proyectos y acompañando a otros líderes, he visto una y otra vez cómo la diferencia no la hacen las herramientas ni los plazos, sino la claridad del propósito con el que entramos en el proceso. Y ahora, la ciencia está empezando a explicar por qué eso funciona tan bien.

El poder de la intención en el cerebro

Diversos estudios recientes en neurociencia cognitiva están demostrando que cuando nos fijamos una intención concreta —por ejemplo, “quiero entender cómo mejorar la colaboración en mi equipo”— el cerebro reacciona de forma distinta. Literalmente activa mecanismos que filtran mejor la información, priorizan el enfoque y nos hacen más receptivos al aprendizaje.

Una investigación de Peter Gollwitzer, de la Universidad de Nueva York, mostró que quienes establecen metas con un propósito definido no solo tienen más éxito en alcanzarlas, sino que manejan mejor las distracciones y adaptan su comportamiento con más flexibilidad ante los obstáculos.

Otra investigación interesante, esta vez de Dikker y Wan (2021), encontró que en entornos de aprendizaje grupal, las personas que comparten una intención común logran mayor sincronía cerebral. Es decir, aprenden mejor cuando comparten propósito. Esto me pareció fascinante: la intención no solo impacta lo individual, sino también lo colectivo.

¿Y esto qué tiene que ver con liderar?

Mucho. Porque en el día a día de un líder, nos enfrentamos a múltiples frentes: objetivos de negocio, manejo de equipos, resultados, urgencias. Pero si no detenemos el ritmo para preguntarnos qué queremos aprender en medio de todo eso, entramos en automático. Y ahí perdemos oportunidades de crecer.

No digo que haya que escribir un diario antes de cada junta. Pero sí creo que empezar una semana, un proyecto o incluso una conversación clave con una pequeña intención (por ejemplo: quiero escuchar con más apertura, o quiero aprender a delegar con más claridad) cambia completamente la dinámica.

El cerebro, al tener ese pequeño faro encendido, hace un trabajo más fino. Filtra, enfoca, aprende mejor.

Lo más interesante: cambia también nuestra relación con el error

Cuando hay intención, el error ya no se siente como amenaza, sino como señal. Y eso es algo que la Dra. Mary Helen Immordino-Yang ha estudiado ampliamente. Ella explica cómo las emociones y los valores personales influyen en la forma en que codificamos lo que aprendemos: lo que nos importa, lo recordamos y procesamos mejor.

Desde que entendí esto, dejé de empezar sesiones de feedback con “¿qué salió mal?” y comencé a usar preguntas como:

¿Qué intentabas lograr aquí?

¿Qué aprendiste que no sabías antes?

El efecto en los equipos ha sido sorprendente. Menos defensiva, más apertura. Más aprendizaje real.

Tres formas simples de aplicar esto como líder

Empezá con una intención clara. Antes de liderar un cambio o iniciar una reunión difícil, anotá: ¿qué quiero aprender yo en este proceso? Invitá a tu equipo a hacer lo mismo. No como regla, sino como cultura. ¿Qué pasaría si cada integrante compartiera qué quiere aprender en un proyecto, más allá del entregable? Redefiní el error como parte del proceso. Si el objetivo es aprender, fallar es parte del camino. Lo importante es tener claro para qué estamos aprendiendo.

En resumen

La neurociencia lo confirma: la intención es más que un deseo—es un ancla cognitiva. Nos permite enfocarnos, adaptarnos y crecer con sentido. Como líderes, tenemos la oportunidad de hacer del aprendizaje algo más humano, más profundo y más conectado con lo que realmente importa.

Así que la próxima vez que arranques una semana, un proyecto o una conversación difícil, hacete esta simple pregunta:

¿Qué quiero aprender aquí?

Tu cerebro —y tu equipo— te lo van a agradecer.

📌 Si este enfoque te gustó, comparte este artículo o comentá: ¿cómo integrás el aprendizaje intencional en tu forma de liderar?

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